Hay experiencias que pueden encerrarnos en el temor. Otras, puestas en las manos de Dios, pueden abrir caminos inesperados de reconciliación, servicio y esperanza. La historia del Colegio Dios es Amor – Altos de Cazucá nació de una de ellas.
Años antes de que existiera el colegio, la familia de Lindsay y Denise Christie atravesó una experiencia profundamente difícil en medio de la realidad que vivía Colombia. Aquel episodio pudo haberlos llevado a tomar distancia de comunidades afectadas por el conflicto. En Lindsay produjo una respuesta muy diferente: afirmó aún más su convicción de que el Evangelio debía vivirse con la misma profundidad con la que se proclamaba.
Tiempo después, un pastor metodista lo llevó por primera vez a las montañas de Altos de Cazucá, en Soacha. Lindsay quedó profundamente conmovido por lo que encontró. Numerosas familias llegaban a la zona buscando comenzar de nuevo después de haber sido desplazadas de distintos lugares del país. La pobreza era profunda, los servicios básicos escasos y llevar agua hasta algunos sectores de la montaña requería enormes esfuerzos. Pero Lindsay no vio solamente carencia. Vio personas. Vio familias buscando una nueva oportunidad y niños cuyo futuro todavía podía escribirse de manera diferente. Y decidió acercarse.
Para quienes conocieron su historia, aquella decisión se convirtió en una de las expresiones más profundas de la fe que profesaba. Lindsay escogió llevar el amor de Cristo precisamente a una comunidad habitada también por personas cuyas historias estaban atravesadas por el mismo conflicto que había tocado dolorosamente a su propia familia. En lugar de permitir que el temor o el resentimiento determinaran su respuesta, eligió servir, reconciliar y sembrar esperanza.
Convencido de que aquellos niños merecían una oportunidad diferente, volvió a invertir parte de su herencia, esta vez para adquirir los derechos de posesión de una pequeña y humilde casa en la montaña. Allí comenzó a tomar forma un nuevo sueño.
En 1992, el Colegio Dios es Amor – Altos de Cazucá abrió sus puertas.
Los comienzos fueron extraordinariamente sencillos. Los recursos eran escasos y algunos de los primeros lugares para sentarse se improvisaban con tablas de madera y ladrillos. No había grandes instalaciones ni comodidades. Pero aquel espacio rudimentario estaba lleno de algo que no podía comprarse: amor, fe y esperanza.
Desde sus primeros días, el colegio quiso ser mucho más que un lugar donde los niños aprendieran contenidos académicos. Quiso convertirse en un faro de luz en la montaña: un lugar seguro donde pudieran ser conocidos, amados y valorados; donde aprendieran la verdad de la Palabra de Dios y descubrieran que las circunstancias en las que habían nacido no tenían por qué determinar el resto de sus vidas.
Tan solo dos años después, en 1994, Lindsay Christie partió para estar con el Señor. Su ausencia dejó un enorme vacío, pero también una responsabilidad: cuidar aquella semilla y procurar que la visión no desapareciera con su fundador.
Los años que siguieron estuvieron marcados por la perseverancia. Fue necesario buscar aliados, fortalecer relaciones, ampliar el número de padrinos y confiar una y otra vez en la provisión de Dios. Poco a poco, iglesias, organizaciones, empresas, fundaciones, amigos, voluntarios y personas de diferentes lugares comenzaron a sumar sus capacidades y recursos a esta historia.
Los padrinos y madrinas se convirtieron en parte fundamental de ese caminar. A través de su compromiso, se unieron al esfuerzo de las familias para hacer posible que sus hijos accedieran a una educación de calidad. Más que cubrir una necesidad económica, decidieron creer en el futuro de niños que muchas veces vivían a miles de kilómetros de distancia.
Y año tras año, esa comunidad fue creciendo.
También creció el colegio.
Cada ampliación respondió a una convicción sencilla pero profunda: los niños de Altos de Cazucá merecían una educación y unos espacios acordes con su enorme valor. No queríamos que las limitaciones del entorno definieran las posibilidades que encontraran dentro de la escuela.
Así, lo que comenzó en una pequeña casa fue transformándose progresivamente. Nuevas aulas, espacios educativos y mejores condiciones fueron surgiendo gracias al esfuerzo de muchas personas. Ha sido especialmente significativo ver cómo hombres y mujeres de diferentes culturas y continentes han unido voluntades, recursos y corazones para ofrecer a nuevas generaciones un lugar digno, seguro y propicio para aprender, crecer y desarrollar plenamente sus capacidades.
Esa transformación física, sin embargo, nunca ha sido el objetivo final. Los edificios importan porque las personas importan.
Detrás de cada aula ampliada hay niños que pueden aprender mejor. Detrás de cada espacio digno hay una declaración silenciosa acerca de su valor. Detrás de cada inversión existe la convicción de que cada estudiante ha sido creado por Dios, posee dones que pueden desarrollarse y tiene delante de sí un futuro que puede estar lleno de propósito y esperanza. Con los años, esa convicción también llevó a Conviventia a profundizar su manera de educar.
De la experiencia acumulada junto a estudiantes, familias y maestros nació Escuela con Propósito, un enfoque pedagógico propio que busca responder a la realidad del contexto, desarrollar integralmente las capacidades de cada estudiante y mantener la verdad de la Palabra de Dios en el centro de la formación.
Los maestros son parte esencial de ese propósito. Son continuamente acompañados y equipados para crecer profesionalmente y en su formación bíblica, entendiendo que enseñar es mucho más que transmitir conocimiento: es acompañar vidas, reconocer potencial y ayudar a cada estudiante a descubrir quién puede llegar a ser.
Y los frutos se hacen visibles con el paso del tiempo.
Son múltiples las historias de antiguos estudiantes que hoy hablan de talento desarrollado, oportunidades aprovechadas y nuevos caminos encontrados. Jóvenes que alguna vez llegaron al colegio cargando circunstancias difíciles hoy son profesionales, trabajadores, emprendedores, padres, madres y líderes que construyen sus propias historias y las de sus familias desde una perspectiva diferente.
Algunos, incluso, han regresado con sus conocimientos y capacidades para contribuir a la misma obra que un día creyó en ellos. Quizás allí se encuentra una de las expresiones más hermosas de lo que significa educar con
propósito: recibir esperanza y, con los años, convertirse también en alguien capaz de sembrarla.
Hoy, décadas después de aquellos primeros pupitres improvisados, el Colegio Dios es Amor – Altos de Cazucá continúa siendo un faro de luz en la montaña. Sus espacios han cambiado, las generaciones se han sucedido y cientos de personas se han sumado a la historia, pero la convicción permanece.
Creemos que cada niño tiene un valor inmenso porque ha sido creado y amado por Dios. Creemos que sus circunstancias no definen su destino. Y creemos que cuando una familia, un maestro, un padrino, una iglesia y una comunidad deciden caminar juntos alrededor de un niño, pueden abrirse posibilidades que antes parecían inimaginables.
Lo que comenzó con un acto profundamente personal de reconciliación se convirtió, por la gracia de Dios, en una historia compartida por generaciones. Una historia que continúa recordándonos que el amor puede vencer al temor, que la obediencia puede abrir caminos donde parecía no haberlos y que la fe puede transformar una pequeña casa en la montaña en un lugar desde donde cientos de niños aprenden a mirar el futuro con esperanza.




